Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 18 de mayo de 2017

El 18 de mayo de 1920 nacía Karol Jozef Wojtyla



Wadowice una pequeña ciudad casi aldea con una vida cultural intensa, donde todos las fiestas nacionales y religiosas, al igual que aniversarios y jubileos se festejaban como un acontecimiento, tuvo el privilegio de ver nacer el 18 de mayo de 1920 a Karol Jozef Wojtyla.

Wadowice con sus cafés y lugares de encuentro y reuniones. En la parroquia local el joven vicario Figlewicz, un artista Mieczislaw Kotlarczyk es profesor de polaco, tanto uno como otro marcarían la vida de Karol Jozef Wojtyla, continuando su amistad en Cracovia
Habia nacido junto con el milagro polaco, la cercana Cracovia recibía como vencedor al mariscal Jozef Pilsudski, que regresaba de la campaña militar en Ucrania. Después de un siglo de esclavitud, Polonia acababa de reconquistar su libertad.

Hijo de Karol Wojtyla y Emilia Kaczorowska, un niño como todos los demás, debió enfrentar el dolor de perder a su madre de pequeño, después a su hermano y a su padre y ser testigo de las injusticias de la persecución en su pueblo natal, un niño que más tarde se convertiría en estudiante aplicado, amigo fiel, apasionado actor y estudioso de la lengua - hasta descubrir su verdadera vacación el sacerdocio - filosofo, escritor, poeta...

"Quien quiera comprender a un poeta, debería ir a su pueblo". Del mismo modo, para comprender la vida y el ministerio de Juan Pablo II, era necesario venir a su ciudad natal. Él mismo confesó que aquí, en Wadowice, "comenzó todo: comenzó la vida, comenzó la escuela, los estudios, comenzó el teatro... y el sacerdocio" (Wadowice, 16 de junio de 1999) decía el Santo Padre Benedicto en su encuentro con la población de Wadowice el 27 de mayo de 2006 en el marco de su viaje a Polonia

Recomiendo leer esa preciosa homilía de Juan Pablo II al visitar su pueblo natal Wadowice el 16 de junio de 1999, donde vuelca sus entrañables afectos y sus conmovedores recuerdos.


(Este es un post ya publicado el 18 de mayo de 2010)

martes, 16 de mayo de 2017

Nuestra Señora de la Salud, “La Lourdes del Oriente”, Vailankanni

Continuando con las peregrinaciones en espíritu durante el Año Mariano 1987-1988 en el Ángelus del 31 de julio de 1988 el Papa Juan Pablo II invitaba a los fieles “visitar” el santuario mariano de la “Virgen de la Salud”, al sur de India,  y recordaba brevemente la historia del templo y la devoción:

“La tradición popular entre los fieles del Tamil Nadu – decia Juan Pablo II - cuenta que, hacia finales del siglo XVI, la Virgen Santa se apareció dos veces con el Niño en brazos a un chico tullido, el cual, para ayudar a su madre viuda y pobre, vendía junto a un árbol bebidas a los pasantes sedientos. La Virgen le pidió un poco de suero de leche para su Niño, y mandó después al chico que fuese a ver a un rico católico del pueblo para decirle que construyese una capilla junto al árbol. Sólo después de haber emprendido una carrera para cumplir el deseo de la bella Señora, el muchacho se dio cuenta de que había sido milagrosamente curado. Se construyó entonces una pequeña capilla con el techo de paja y se colocó en ella una imagen de la Virgen con el Niño en brazos. El pueblo la llamó la "Virgen de la Salud”. Un siglo más tarde, la Virgen se apareció, en la misma región, a navegantes portugueses que, zarandeados por una terrible tempestad habían invocado su nombre. Para cumplir la promesa hecha en el momento del peligro, los navegantes construyeron una iglesia de mampostería en el lugar de la cabaña de paja. Desde entonces el santuario de la "Virgen de la Salud" en Vailankanni se ha convertido en un lugar de peregrinaciones marianas no sólo para los fieles del Tamil Nadu, sino para toda la India.  La "Virgen de la Salud" se celebra cada año el 8 de septiembre Natividad de María, para recordar el día en el que los navegantes, milagrosamente salvados de la tempestad, pudieron llegar a la costa. La fiesta va precedida de una novena de oraciones y atrae hasta dos millones de fieles.
 En reconocimiento de la importancia del santuario, mi predecesor Juan XXIII concedió a la iglesia, en 1962, el título de basílica.
La "Virgen de la Salud", al mismo tiempo que concede la salud a los enfermos y salva a los fieles de los peligros, revela la naturaleza íntima del Padre celestial, que "no es Dios de muertos, sino de vivos" (Mt 22, 32) y de su Hijo que ha "venido para que tengan vida, y la tengan abundante" (Jn 10, 10). Pidamos a la "Virgen de la Salud" de Vailankanni la gracia de acoger la vida divina que su Hijo nos ofrece, y de testimoniar con coherencia la "novedad" y la riqueza de este don para contribuir a que venga el reino de Dios al mundo.
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En su viaje a la India en febrero de 1986 el Papa Juan Pablo II mencionada también este Santuario en su visita a la Basilica de Nuestra Señora del Monte en Bandra :  “Ya antes de venir, he oído hablar muchísimo de la devoción a Nuestra Señora, que es una característica del pueblo de la India. La basílica aquí en Bandra es un símbolo de esto. Además, existen otros santuarios marianos famosos, tales como el de Nuestra Señora de las Gracias en Sardhana, Nuestra Señora de Lourdes en Vijayawada, y Nuestra Señora de la Salud en Vailankanni. Cuando se escriba la historia de la Iglesia en India, este aspecto mariano de vuestras vidas espirituales ocupará un lugar de honor y renombre.

La Basílica de Nuestra Señora de la Salud esta ubicada en la costa sudeste de India, a 10 kms al sur de Nagapattinam y a 350 kms al sur de Chennai, la capital de Tamilnadu.  En el Santuario hay una capilla de adoración perpetua y los sacerdotes están disponibles para el sacramento de la reconciliación durante todo el dia desde la mañana a la noche.  Las oraciones, Misas y Adoracion son en idiomas tamil, malayalam, konkani, telugu, hindi, e ingles. Acuden allí unos 20 millones de peregrinos por año. Comenta el Rector de la Basìlica que losperegrinos acuden a pie desde 100, 200 y también 300 kms. 

sábado, 13 de mayo de 2017

Fátima: “Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz”


“En sus Memorias (III, n.6), sor Lucía da la palabra a Jacinta, que había recibido una visión: «¿No ves muchas carreteras, muchos caminos y campos llenos de gente que lloran de hambre por no tener nada para comer? ¿Y el Santo Padre en una iglesia, rezando delante del Inmaculado Corazón de María? ¿Y tanta gente rezando con él?». Gracias por haberme acompañado. No podía dejar de venir aquí para venerar a la Virgen Madre, y para confiarle a sus hijos e hijas. Bajo su manto, no se pierden; de sus brazos vendrá la esperanza y la paz que necesitan y que yo suplico para todos mis hermanos en el bautismo y en la humanidad, en particular para los enfermos y los discapacitados, los encarcelados y los desocupados, los pobres y los abandonados.

Queridos hermanos: pidamos a Dios, con la esperanza de que nos escuchen los hombres, y dirijámonos a los hombres, con la certeza de que Dios nos ayuda.

En efecto, él nos ha creado como una esperanza para los demás, una esperanza real y realizable en el estado de vida de cada uno. Al «pedir» y «exigir» de cada uno de nosotros el cumplimiento de los compromisos del propio estado (Carta de sor Lucía, 28 de febrero de 1943), el cielo activa aquí una auténtica y precisa movilización general contra esa indiferencia que nos enfría el corazón y agrava nuestra miopía. No queremos ser una esperanza abortada. La vida sólo puede sobrevivir gracias a la generosidad de otra vida. «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto» (Jn 12,24): lo ha dicho y lo ha hecho el Señor, que siempre nos precede. Cuando pasamos por alguna cruz, él ya ha pasado antes. De este modo, no subimos a la cruz para encontrar a Jesús, sino que ha sido él el que se ha humillado y ha bajado hasta la cruz para encontrarnos a nosotros y, en nosotros, vencer las tinieblas del mal y llevarnos a la luz.”

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol»,


«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto.


Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida ―a menudo propuesta e impuesta― sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús».

viernes, 12 de mayo de 2017

Maria estaba allí….desde el “si” hasta la Resurrección


“….hoy miramos a María, Madre de la esperanza. María ha vivido más de una noche en su camino de madre. Desde su primera aparición en la historia de los Evangelios, su figura se perfila como si fuera el personaje de un drama. No era un simple responder con un “sí” a la invitación del ángel: y sin embargo Ella, mujer todavía en plena juventud, responde con valor, no obstante nada supiese del destino que la esperaba. María en ese instante se nos presenta como una de las muchas madres de nuestro mundo, valientes hasta el extremo cuando se trata de acoger en su propio vientre la historia de un nuevo hombre que nace.

Ese “sí” es el primer paso de una larga lista de obediencias —¡larga lista de obediencias!— que acompañarán su itinerario de madre. Así María aparece en los Evangelios como una mujer silenciosa, que a menudo no comprende todo lo que le ocurre alrededor, pero que medita cada palabra y acontecimiento en su corazón.
En esta disposición hay un rasgo bellísimo de la psicología de María: no es una mujer que se deprime ante las incertidumbres de la vida, especialmente cuando nada parece ir en la dirección correcta. No es ni siquiera una mujer que protesta con violencia, que se queja contra el destino de la vida que revela a menudo un rostro hostil. En cambio es una mujer que escucha: no os olvidéis de que siempre hay una gran relación entre la esperanza y la escucha, y María es una mujer que escucha. María acoge la existencia tal y como se nos entrega, con sus días felices, pero también con sus tragedias con las que nunca querríamos habernos cruzados. Hasta la noche suprema de María, cuando su Hijo está clavado en el madero de la cruz.

Hasta ese día, María casi había desaparecido de la trama de los Evangelios: los escritores sagrados dan a entender este lento eclipsarse de su presencia, su permanecer muda ante el misterio de un Hijo que obedece al Padre. Pero María reaparece precisamente en el momento crucial: cuando buena parte de los amigos se han disipado por motivo del miedo. Las madres no traicionan, y en ese instante al pie de la cruz, ninguno de nosotros puede decir cuál haya sido la pasión más cruel: si la de un hombre inocente que muere en el patíbulo de la cruz, o la agonía de una madre que acompaña los últimos instantes de la vida de su hijo. Los evangelios son lacónicos, y extremadamente discretos. Reflejan con un simple verbo la presencia de la Madre: Ella “estaba” (Juan 19, 25), Ella estaba. Nada dicen de su reacción: si llorase, si no llorase... nada; ni siquiera una pincelada para describir su dolor: sobre estos detalles se habría aventurado la imaginación de poetas y pintores regalándonos imágenes que han entrado en la historia del arte y de la literatura. Pero los Evangelios solo dicen: Ella “estaba”. Estaba allí, en el peor momento, en el momento más cruel, y sufría con el hijo. “estaba”. María “estaba”, simplemente estaba allí. Ahí está de nuevo la joven mujer de Nazareth, ya con los cabellos grises por el pasar de los años, todavía con un Dios que debe ser solo abrazado, y con una vida que ha llegado al umbral de la oscuridad más intensa. María “estaba” en la oscuridad más intensa, pero “estaba”. No se fue. María está allí, fielmente presente, cada vez que hay que tener una vela encendida en un lugar de bruma y de nieblas. Ni siquiera Ella conoce el destino de resurrección que su Hijo estaba abriendo para todos nosotros hombres: está allí por fidelidad al plan de Dios del cual se ha proclamado sierva en el primer día de su vocación, pero también a causa de su instinto de madre que simplemente sufre, cada vez que hay un hijo que atraviesa una pasión. Los sufrimientos de las madres: ¡todos nosotros hemos conocido mujeres fuertes, que han afrontado muchos sufrimientos de los hijos!

La volveremos a encontrar en el primer día de la Iglesia, Ella, madre de esperanza, en medio de esa comunidad de discípulos tan frágiles: uno había renegado, muchos habían huído, todos habían tenido miedo (cf Hechos de los Apóstoles 1, 14). Pero Ella simplemente estaba allí, en el más normal de los modos, como si fuera una cosa completamente normal: en la primera Iglesia envuelta por la luz de la Resurrección, pero también de los temblores de los primeros pasos que debía dar en el mundo.”

Los pastorcillos de Fátima; Francisco y Jacinta dos niños muy normales


Francisco: 
Aljustrel (Portugal), 11-junio-1908
+ Aljustrel, 4-abril-1919

Jacinta: 
Aljustrel, 11-marzo-1910
+ Lisboa, 20-febrero-1920

B. 13-mayo-2000

El 13 de mayo de 1917 ha pasado a la historia de la Iglesia y de la humanidad como el día en que tres niños portugueses de Aljustrel-Fátima, pueblo hasta entonces desconocido, vieron a la Virgen María sobre una encina, mientras cuidaban de un pequeño rebaño familiar: Lucía dos Santos, de diez años, y sus primos hermanos Francisco, de nueve años, y Jacinta, de siete.

El 13 de mayo de 2000, Juan Pablo II beatificaba en el mismo lugar de las apariciones a dos de aquellos niños, muertos prematuramente —los hermanos Francisco y Jacinta Marto—, en presencia de su prima, sor Lucía dos Santos, única superviviente de los tres pastorcillos. Francisco y Jacinta Marto son los beatos más jóvenes del calendario cristiano, si exceptuamos a unos pocos niños mártires.

DOS NIÑOS MUY NORMALES

Sencillos, traviesos, alegres, juguetones, criados en dos familias en un ambiente cristiano de máxima sencillez. Aún pueden verse las casas de ambas familias en Aljustrel, un caserío cercano al pueblo de Fátima. La vida de las familias Marto y Dos Santos era la vida de los campesinos pobres, cuyo patrimonio se limitaba a unos trozos de tierra donde se cultivaban las hortalizas y frutas para su propio alimento, y unas cuantas ovejas, que los niños sacaban a pastar por los cabezos y valles cercanos.
Los padres de Francisco y Jacinta fueron Manuel Pedro Marto y María Rosa, hermana de Antonio dos Santos, el padre de Lucía.
Francisco había nacido el 11 de junio de 1908. Su hermana Jacinta, el 11 de marzo de 1910. Ambos fueron bautizados en la iglesia parroquial de Fátima. Eran muy diferentes de temperamento: más tranquilo y condescendiente Francisco, y más caprichosa la pequeña Jacinta.
Para acercarnos a la realidad de los dos hermanos y de los acontecimientos de sus cortos años de vida en la tierra, contamos con el testimonio de la mejor testigo: su prima Lucía, que escribió sus Memorias entre 1935 y 1941, a petición del obispo de Leiría-Fátima, monseñor José Alves Correira da Silva. Así recuerda la hermana Lucía a Francisco:
La amistad que me unía a Francisco era sólo debido al parentesco y la que traía consigo las gracias que el cielo se dignó concedernos.
Francisco no parecía hermano de Jacinta, sino en la fisonomía del rostro y en la práctica de la virtud. No era tan caprichoso y vivo como ella. Al contrario, era de un natural pacífico y condescendiente.
Cuando, en nuestros juegos, alguno se empeñaba en negarle sus derechos de ganador, cedía sin resistencia, limitándose a decir sólo:
—¿Piensas que has ganado tú? Está bien. Eso no me importa.
No manifestaba, como Jacinta, la pasión por la danza; gustaba más de tocar la flauta, mientras otros danzaban.
En los juegos, era muy animado, pero a pocos les gustaba jugar con él; porque perdía casi siempre. Yo misma confieso que simpatizaba poco con él, porque su natural tranquilidad excitaba a veces los nervios de mi excesiva viveza. A veces, tomándole por el brazo le obligaba a sentarse en el suelo, o en alguna piedra, pidiéndole se estuviera quieto; y él me obedecía como si yo tuviese una gran autoridad. Después sentía pena e iba a buscarlo asiéndole por la mano, y regresaba con el mismo buen humor como si nada hubiera acontecido. Si alguno de los otros niños porfiaba en quitarle alguna cosa que le era propia, decía:
¡Deja ya!, ¿a mí qué me importa?
Lo que más le entretenía, cuando andábamos por los montes, era sentarse en el peñasco más elevado y tocar su flauta o cantar. Si su hermana bajaba conmigo para echar algunas carreras, él se quedaba entretenido allí con su música y sus cantos.
En nuestros juegos, tomaba parte, siempre que le invitábamos, pero a veces manifestaba poco entusiasmo, diciendo:
Voy; pero sé que perderé.
Los juegos que sabíamos y en los cuales nos entreteníamos eran: el de las chinas, el de las prendas, pasar el aro, el del botón, el de la cuerda, la malla, la brisca, descubrir los reyes, los condes y las sotas, etc. Teníamos dos barajas: una mía y otra de ellos. El juego que más gustaba a Francisco era el de las cartas: la brisca (L. Dos Santos: Memorias de la Hermana Lucía, Cuarta Memoria, 24 ed., Fátima, 1985, págs. 118, 120)
En cuanto a Jacinta, éstas son las palabras de Lucía, en su Primera Memoria:
La menor contrariedad, que siempre hay entre niños cuando juegan, era suficiente para que enmudeciese y se amohinara, como nosotros decíamos. Para hacerle volver a ocupar su puesto en el juego, no bastaban las más dulces caricias que en tales ocasiones los niños saben hacer. Era preciso dejarle escoger el juego y la pareja con la que quería jugar. Sin embargo, ya tenía muy buen corazón y el buen Dios le había dotado de un carácter dulce y tierno, que la hacía, al mismo tiempo, amable y atractiva. No sé por qué, tanto Jacinta como su hermano Francisco, sentían por mí una predilección especial y me buscaban casi siempre para jugar. No les gustaba la compañía de otros niños, y me pedían que fuese con ellos junto a un pozo que tenían mis padres en el huerto. Una vez allí, Jacinta escogía los juegos con los que íbamos a entretenernos. Los juegos preferidos eran, casi siempre, jugar a las chinas o a los botones, sentados a la sombra de un olivo y de dos ciruelos, detrás de las losas. Debido a este juego, me vi muchas veces en grandes apuros, porque, cuando nos llamaban para comer, me encontraba sin botones en el vestido; pues casi siempre ella me los había ganado y esto era suficiente para que mi madre me regañase. Era preciso coserlos de prisa; pero ¿cómo conseguir que ella me los devolviera, si además de enfadarse, tenía también el defecto de ser agarrada? Quería guardarlos para el juego siguiente y así no tener que arrancar los suyos. Sólo amenazándola de que no volvería a jugar más, era como los conseguía. Algunas veces no podía atender los deseos de mi amiguita (Obra citada , pág. 20 s)

José A. Martinez Puche, O.P. – Invito leer articulocompleto

jueves, 11 de mayo de 2017

Benedicto XVI y Fátima


Con ocasión del viaje apostólico del Papa Benedicto XVI a Fátima (11 al 14 de mayo de 2010) el Santo Padre tuvo la gentileza de responder preguntas de los periodistasdurante el vuelo hacia Portugal. En cuanto al Mensaje de Fátima el Papa respondía una pregunta planteada por el padre Lombardi, entonces Director de la Sala de Prensa de la Santa Sede:

Padre Lombardi…. Hablemos ahora de Fátima, donde tendrá lugar un poco el culmen también espiritual de este viaje. Santidad, ¿qué significado tienen para nosotros las apariciones de Fátima? Cuando usted presentó el texto del tercer secreto de Fátima en la Sala de Prensa Vaticana, en junio de 2000, estábamos varios de nosotros y otros colegas de entonces, y se le preguntó si el mensaje podía extenderse, más allá del atentado a Juan Pablo II, también al sufrimiento de los Papas. Según usted, ¿es posible encuadrar igualmente en aquella visión el sufrimiento de la Iglesia de hoy, por los pecados de abusos sexuales de los menores?


Papa.- Ante todo, quisiera expresar mi alegría de ir a Fátima, de rezar ante la Virgen de Fátima, que para nosotros es un signo de la presencia de la fe, que precisamente de los pequeños nace una nueva fuerza de la fe, que no se reduce a los pequeños, sino que tiene un mensaje para todo el mundo y toca la historia precisamente en su presente e ilumina esta historia. En 2000, en la presentación, dije que una aparición, es decir, un impulso sobrenatural, que no proviene solamente de la imaginación de la persona, sino en realidad de la Virgen María, de lo sobrenatural, que un impulso de este tipo entra en un sujeto y se expresa en las posibilidades del sujeto. El sujeto está determinado por sus condiciones históricas, personales, temperamentales y, por tanto, traduce el gran impulso sobrenatural según sus posibilidades de ver, imaginar, expresar; pero en estas expresiones articuladas por el sujeto se esconde un contenido que va más allá, más profundo, y sólo en el curso de la historia podemos ver toda la hondura, que estaba, por decirlo así, «vestida» en esta visión posible a las personas concretas. De este modo, diría también aquí que, además de la gran visión del sufrimiento del Papa, que podemos referir al Papa Juan Pablo II en primera instancia, se indican realidades del futuro de la Iglesia, que se desarrollan y se muestran paulatinamente. Por eso, es verdad que además del momento indicado en la visión, se habla, se ve la necesidad de una pasión de la Iglesia, que naturalmente se refleja en la persona del Papa, pero el Papa está por la Iglesia y, por tanto, son sufrimientos de la Iglesia los que se anuncian. El Señor nos ha dicho que la Iglesia tendría que sufrir siempre, de diversos modos, hasta el fin del mundo. Lo importante es que el mensaje, la respuesta de Fátima, no tiene que ver sustancialmente con devociones particulares, sino con la respuesta fundamental, es decir, la conversión permanente, la penitencia, la oración, y las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad. De este modo, vemos aquí la respuesta verdadera y fundamental que la Iglesia debe dar, que nosotros —cada persona — debemos dar en esta situación. La novedad que podemos descubrir hoy en este mensaje reside en el hecho de que los ataques al Papa y a la Iglesia no sólo vienen de fuera, sino que los sufrimientos de la Iglesia proceden precisamente de dentro de la Iglesia, del pecado que hay en la Iglesia. También esto se ha sabido siempre, pero hoy lo vemos de modo realmente tremendo: que la mayor persecución de la Iglesia no procede de los enemigos externos, sino que nace del pecado en la Iglesia y que la Iglesia, por tanto, tiene una profunda necesidad de volver a aprender la penitencia, de aceptar la purificación, de aprender, por una parte, el perdón, pero también la necesidad de la justicia. El perdón no sustituye la justicia. En una palabra, debemos volver a aprender estas cosas esenciales: la conversión, la oración, la penitencia y las virtudes teologales. De este modo, respondemos, somos realistas al esperar que el mal ataca siempre, ataca desde el interior y el exterior, pero también que las fuerzas del bien están presentes y que, al final, el Señor es más fuerte que el mal, y la Virgen para nosotros es la garantía visible y materna de la bondad de Dios, que es siempre la última palabra de la historia.”