Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

miércoles, 13 de enero de 2010

El arte de dialogar

En momentos en que el ánimo general argentino sigue tan crispado como cuando la profesora Graciela M. Palau (*) escribió este articulo, destinado en principio a un matutino porteño - que luego fue publicado por el Instituto Mounier - sigue siendo tan oportuno como entonces reflexionar sobre el valor del diálogo, que ella hace a la luz de las enseñanzas de Karol Wojtyla / Juan Pablo II.
Agradezco a la profesora Palau el permiso para publicar este escrito en su totalidad
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Detrás de la cortina de hierro, en el año 1970, un cardenal polaco, de enorme talla intelectual pero desconocido entonces fuera del ámbito eclesiástico, presentaba su mayor obra filosófica, Persona y Acción, ante un público de pensadores selectos. El lugar: la Universidad católica de Lublin donde Karol Wojtyla, con su característica actitud de apertura al diálogo, daba lugar a un debate sobre su libro entre expertos intelectuales polacos. En la parte final de ese escrito el autor hace una descripción de los modos auténticos de participación social y explica el significado de la solidaridad humana, uno de los principios básicos de la organización social y política. La actualidad de ese análisis para el momento que atraviesa nuestro país se muestra paradigmática. Intentar reflexionar sobre su aplicación a nuestra realidad puede iluminar su comprensión.

Solidaridad significa, según Wojtyla, una disposición constante a aceptar y a realizar la parte que a uno le corresponde en la comunidad en función del bien común. Esta orientación hacia el bien común es la que posibilita a cada uno saber cuándo es necesario aceptar una proporción mayor de la responsabilidad y actuación que normalmente le corresponden. La actitud solidaria de un miembro de una comunidad se manifiesta mediante la disposición a complementar lo que hacen los demás. Además, la solidaridad y la actitud que el autor denomina oposición constructiva no son intrínsecamente contradictorias. El opositor es solidario cuando no retira su disposición a actuar y trabajar por el bien común. Al contrario, el opositor es solidario porque quiere participar en su búsqueda. La actitud de oposición auténtica busca la participación social como consecuencia de una honda preocupación por el bien común. Por eso, piensa Wojtyla que el sistema social debe facilitar no sólo que la oposición constructiva se exprese a sí misma dentro del marco de la comunidad, sino también que actúe en beneficio de la comunidad. La búsqueda del bien común debe liberar y apoyar la actitud de solidaridad, pero nunca de forma que sofoque la oposición y se mantenga al margen de ella. Esa actitud solidaria y de apertura a los aportes de la oposición es lo que necesitamos los ciudadanos argentinos en las actuales circunstancias para afrontar esta etapa de nuestra historia. Es preciso un reconocimiento sincero de los aportes de todos los sectores y destacar los puntos de unidad que suelen ser más que las diferencias, para reconducir la gestión hacia la búsqueda del bien común.

En este contexto arroja luz la explicación que hace Wojtyla sobre el sentido del diálogo. Es el diálogo una actitud que conduce a una forma adecuada de seleccionar y resaltar lo verdadero y lo bueno que surge en las situaciones controvertidas. En cambio, intenta eliminar las actitudes y opiniones parciales, preconcebidas o subjetivas que son el origen de enfrentamientos y conflictos empobrecedores de la comunidad. Los titulares de los medios en estos últimos días posteriores a la votación en el Senado, reflejan un reclamo social: la necesidad de diálogo para superar la crisis. La ciudadanía quiere evitar caer nuevamente en las actitudes que Wojtyla llama inauténticas del conformismo y la evasión. Un conformismo superficial o interesado que pretende evitarse problemas o busca ventajas inmediatas. La evasión se produce si los miembros de una sociedad pierden interés en la participación y están ausentes de la vida social porque se les impide toda colaboración. La democracia no se construye con dialécticas y enfrentamientos sino con el diálogo auténtico y la participación de todos. Tenemos que aprender el arte de dialogar, fomentar una actitud de verdadero interés en comprender a los demás y escucharles con verdadero interés. Diálogo es búsqueda del logos, de la verdad o de lo razonable entre dos que se escuchan y entienden.

Como es sabido, la crisis de los sistemas que pretendían ser la salvación del proletariado en los países comunistas, comenzaron con las protestas en Polonia en nombre del movimiento Solidaridad. Fueron justamente los trabajadores los que desautorizaron la ideología que pretendía ser su voz. En la apreciación de Wojtyla, esos cambios se produjeron por una lucha pacífica, que empleó solamente las armas de la verdad y de la justicia. Una verdadera lección de la historia. Sin embargo, cegados a la realidad por el tejido de prejuicios ideológicos o por la ambición de venganza y de poder, esos regímenes consideraban que únicamente llevando hasta el extremo las confrontaciones sociales sería posible darles solución. La actitud confrontativa e impositiva es realmente incomprensible para el ciudadano común que vive en democracia. Pero, sobretodo, es una actitud que se mostró incapaz de diseñar y afrontar un proyecto de nación. Así como el ciudadano polaco se sentía obligado a aceptar una concepción de la realidad impuesta por la fuerza, el ciudadano que vive en democracia se resiste a aceptar un modelo de país impuesto y pide el diálogo, la paz social, la unidad y un proyecto de país que nos incluya a todos. El argentino es solidario y está acostumbrado a una movilidad social de la que se enorgullece y desea colaborar con el esfuerzo de su trabajo en un modelo de país productivo.

La denominada lucha del campo –aunque esta expresión bélica de lucha no es la más acertada para reflejarlo– tiene alguna semejanza con las luchas que han conducido a la caída de los regímenes del pasado. Son luchas, según afirma Juan Pablo II en Centesimus annus, que se caracterizaron por haber insistido tenazmente en intentar todas las vías de la negociación, del diálogo, del testimonio de la verdad, apelando a la conciencia del adversario y tratando de despertar en las autoridades el sentido común. Es el estilo de participación solidaria que colabora realmente en la construcción de una nación libre.

Un ordenamiento democrático se basa en principios de solidaridad, en el esfuerzo del trabajo y en el ejercicio de la libertad. Exige reconocer íntegramente los derechos de la conciencia humana, escuchar al opositor del que se pueden obtener aportes para el bien común y reconocer los derechos de todos, sin distinción ni discriminación. En estos principios está el fundamento primario de todo ordenamiento político auténticamente libre.

El Estado tiene que crear las condiciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica para que exista una oferta abundante de oportunidades de trabajo y de fuentes de riqueza. Tiene que asegurar a todos, los derechos básicos para llevar una vida digna. La reciente participación cívica en nuestra democracia hace nacer las esperanzas de un cambio en las estructuras políticas y sociales de nuestro país, gravadas por la hipoteca de una dolorosa serie de injusticias y rencores. Es necesario forjar actitudes que faciliten que los complejos problemas de la actualidad, se resuelvan por medio del diálogo y de la solidaridad, en vez de la lucha para destruir al adversario. La educación forjadora de actitudes tiene un papel preponderante en la conformación de esta cultura.

El desarrollo de una auténtica cultura del trabajo y del diálogo será lo que ayude a participar de manera plenamente humana en la vida social. Son precisos los esfuerzos de todos los argentinos, los gobernantes y los legisladores, los de la ciudad y los del campo, los trabajadores de la industria y del comercio, los intelectuales, los educadores y los artistas… Todos tenemos que sumar para construir un futuro mejor, un orden social basado en el espíritu de trabajo esforzado, de colaboración y solidaridad.
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(*) autora del libro La autorrealización según el personalismo de K. Wojtyla publicado por EDUCA (Editorial de la Universidad Católica Argentina, 2007.