Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 24 de junio de 2010

¿Para qué sirve creer?


"¿Para qué sirve creer? ¿Acaso no es posible vivir una vida honesta, recta, sin tener que molestarse en tomar el Evangelio en serio?"
le pregunta Vittorio Messori en el capìtulo 29 de Cruzando el Umbral de la Esperanza al Papa Juan Pablo II, y el Santo Padre responde:

“A una pregunta semejante se podría responder muy brevemente: la utilidad de la fe no es comparable con bien alguno, ni siquiera con los bienes de naturaleza moral. La Iglesia no ha negado nunca que también un hombre no creyente pueda realizar acciones honestas y nobles. Cada uno, por otra parte, se convence fácilmente de eso. El valor de la fe no se puede explicar solamente con su utilidad para la moral humana, aunque la misma fe suponga la más profunda motivación de la moral. Por esta razón, muy a menudo hacemos referencia a la fe como tema. También yo he hecho eso en la Veritatis splendor, subrayando la importancia moral de la respuesta de Cristo «Cumple los mandamientos» (Mateo 19,17)- a la pregunta del joven sobre el correcto uso del don de la libertad. A pesar de eso, se puede decir que la fundamental utilidad de la fe está en el hecho mismo de haber creído y de haber confiado. María es, en el momento de la Anunciación, inimitable ejemplo y maravilloso modelo de una tal actitud; esto está extraordinariamente expresado en la obra poética de Rainer Maria Rilke, «Verkundigung» (Anunciación). Creyendo y confiando, damos una respuesta a la palabra de Dios: esa palabra no cae en el vacío, vuelve con su fruto a Aquel que la había pronunciado, como está dicho de modo tan eficaz en el libro del profeta Isaías (cfr. 55,11). Sin embargo Dios no quiere obligarnos en absoluto a una tal respuesta.
Bajo ese aspecto, el magisterio del último Concilio y, en su ámbito, especialmente la Declaración sobre la libertad religiosa, Dignitatis humanae, tienen una particular importancia. Valdría la pena traer aquí la Declaración entera y analizarla; pero quizá baste con citar algunas frases: «Y todos los seres humanos-leemos- están obligados a buscar la verdad, especialmente en orden a Dios y a su Iglesia, y están obligados a adherirse a la verdad a medida que la van conociendo y a rendirle homenaje» (n. 1).
Lo que el Concilio subraya aquí es, en primer lugar, la dignidad del hombre. El texto continúa: «Por razón de su dignidad todos los seres humanos, en cuanto que son personas, es decir, dotados de razón y de voluntad libre y, por eso, investidos de personal responsabilidad, están por su misma naturaleza y por deber moral obligados a buscar la verdad, en primer lugar la concerniente a la religión. Están obligados también a adherirse a la verdad conocida y a ordenar toda su vida según sus exigencias» (n. 2). «Ahora bien, la verdad debe buscarse de modo apropiado a la dignidad de la persona humana y a su naturaleza social, es decir, con una búsqueda que sea libre, con la ayuda de la enseñanza o de la educación, por medio de la comunicación y del diálogo» (n. 3).
Como se ve, el Concilio trata la libertad humana con toda seriedad y se refiere al imperativo interior de la conciencia para demostrar que la respuesta dada por el hombre a Dios y a Su palabra mediante la fe está estrechamente unida a su dignidad personal. El hombre no puede ser constreñido a aceptar la verdad. A ella es empujado solamente por su naturaleza, es decir, por su misma libertad, que lo mueve a buscarla sinceramente y, cuando la encuentra, a adherirse a ella, sea con su convicción sea con su comportamiento.”


(continúa en Cruzando el Umbral de la Esperanza, Plaza & Janes, 1994, Pág. 191-194)