Llamados a ser santos

Llamados a ser santos
“Todos estamos llamados a la santidad, y sólo los santos pueden renovar la humanidad.” (Beato Juan Pablo II)

jueves, 29 de noviembre de 2012

Marco Gallo : “El caso argentino; la acción pacificadora de Juan Pablo II con motivo de la guerra de las Malvinas y su rol para favorecer la vuelta a la democracia” (9 de 11) Discursos del Papa en Argentina


Marco Gallo : “El caso argentino; la acción pacificadora de Juan Pablo II con motivo de la guerra de las Malvinas y su rol para favorecer la vuelta a la democracia” (9 de 11) Discursos del Papa en Argentina


“El Papa recuerda la centralidad de este ministerio de reconciliación y subraya nuevamente el carácter propiamente pastoral de su anterior viaje a Inglaterra, haciendo referencia a la “carta a los argentinos” y agregando detalles muy personales sobre este original gesto:
“Y no necesito comentar aquí la ya mencionada carta firmada con mi propia mano que, como acostumbraba hacer San Pablo, escribí “a los queridos hijos e hijas de la nación argentina”. Fue una palabra que ha brotado del corazón, en una hora de sufrimiento de vuestro pueblo, con el fin de anunciar mi ardiente deseo de venir a encontrarlos”. El Papa en esta ocasión hace pública la carta que los obispos ingleses, durante su viaje a Gran Bretaña, habían escrito a sus pares argentinos, señalando de esta manera los vínculos de paz y de amistad entre las dos Iglesias. El Papa espera que este mismo vínculo se instaure entre los dos pueblos y naciones. Retumban en sus palabras a los prelados las enseñanzas que fueron de Juan XXIII, que siempre había insistido sobre la búsqueda de lo que une y dejar a un lado lo que divide. En esto Juan Pablo II se reconoce como un hombre del Concilio Vaticano II, hombre de diálogo y que hace del diálogo unos de los pilares de la misión de la Iglesia en el mundo. Así termina su discurso a los obispos: “en medio de las esperanzas y peligros que pueden cernirse sobre el horizonte, y en vista de las tensiones latentes que de vez en cuando afloran, es necesario ofrecer un servicio de pacificación en nombre de la fe y comprensión mutuas, para que las riquezas religiosas y espirituales, verdaderos cimientos de unidad, sean mucho más fuertes que cualquier semilla de desunión.”
Reacciones de los obispos argentinos
A este desafío y propuesta avanzada por Juan Pablo II los obispos argentinos responderán de alguna manera con el documento “Camino de reconciliación” de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina, fechado el 11 de Agosto de 1982, a dos meses del viaje papal y ya concluido el conflicto bélico con Inglaterra. En este documento los obispos considerando el viaje del Papa como “una verdadera gracia de Dios” en continuidad con el escrito de 1981 “Iglesia y comunidad nacional”, refieren acerca de su servicio de reconciliación y pacificación de la sociedad. Asimismo insisten sobre la necesidad de una nación reconciliada, sobre la importancia de la presencia de los partidos políticos y la restauración del orden institucional. Son todas consignas claramente inspiradas por aquel discurso de junio 1982 de Wojtyla. Son premisas culturales y decisiones pastorales que empujan a la Iglesia a asumir un rol en la transición a la democracia.  El párrafo 15 del documento, es muy significativo, de esta alta inspiración democrática:
“En la preparación de las próximas elecciones, conviene favorecer todo ejercicio democrático posible, la discusión pública y libre de los problemas nacionales, la organización de la fuerzas políticas. No se ha de descalificar con el nombre de la demagogia o populismo el necesario y honesto interés por el bien del pueblo.” Continúa el documento: “Juzgamos conveniente y oportuno el levantamiento del estado de sitio. La democracia como estilo de vida incluye fundamentalmente la libertad. Al salir de un estado de emergencia en que el ejercicio de los derechos fue limitado, no es de extrañarse que haya excesos.” Y concluye: “la democracia no puede ceder, sin embargo, en la defensa de la libertad aunque vea los peligros que ello entraña. Es parte del riesgo que corre una Nación que sabe que la realidad de su soberanía es según la medida de la libertad de sus ciudadanos. Es preciso pues defender su libertad efectiva”, “ ... hay que nutrir en el alma del pueblo la convicción profunda de la bondad y conveniencia del régimen democrático que hemos elegido, el cual, por lo mismo, tiene capacidad para defenderse de los peligros que lo acechen, subsistir y desarrollarse dentro de sus modos legales de preceder”. Resulta claro y evidente cuanto han impactado positivamente las palabras del pontífice que hablan de reconciliación también como reconstrucción de un tejido democrático de la sociedad.
“La necesidad de continuidad en la vida institucional debe ser un principio fundamental e inquebrantable de la conciencia política nacional, de suerte que el espíritu “golpista” resulte extraño a nuestra idiosincrasia política.” El documento episcopal termina con algunas recomendaciones dentro de las cuales se destaca el tema de los “desaparecidos”; en efecto se declara que “será una gran contribución para la recuperación de la vida democrática dar pasos eficaces para resolver el grave problema de los ciudadanos desaparecidos, los presos sin proceso, los que han cumplido su condena y permanecen aún en la cárcel, sea informando, sea liberando, aliviando siempre la angustia de las familias y de la sociedad.” La Iglesia del tiempo del documento “Iglesia y comunidad nacional” había tratado el tema de las violaciones de los derechos humanos y en estas circunstancias, con este documento, lo pone en relación con la reconstrucción de una nueva estación democrática. Es cierto que el predicamento de Juan Pablo II hacia una transición democrática, alienta dentro la Conferencia Episcopal, al grupo de obispos que habían expresado en diferentes ocasiones críticas y rechazos frente a la desaparición forzosa de ciudadanos obrada por el régimen militar. La definitiva derrota del régimen militar argentino en las islas Malvinas frente a una sociedad ilusionada y agobiada empuja al mismo episcopado a ejercer aquella función de mediación frente a nuevos conflictos internos a la sociedad argentina, que tanto había auspiciado Karol Wojtyla en sus intervenciones durante su estadía en el país austral: “la situación económica actual está exigiendo el ejercicio de la justicia y de la caridad de modo apremiante. Los altos precios y los bajos salarios, el desempleo masivo y la inflación, la usura y la indexación, y por otra parte las extensas inundaciones, provocan angustia y zozobra y afectan la paz y la vida de muchos individuos y familias y hasta de poblaciones enteras”. Terminada la guerra hay que reconstruir una sociedad desgarrada económica y socialmente; de aquí la intención firme y decidida de los obispos: “queremos ser ministros de reconciliación. Queremos ser constructores de alegría y de paz, sirviendo al designio de Dios y a las ansias más hondas de los argentinos”. Asistimos a un progresivo cambio por parte de la Iglesia; pero no es un cambio mimético, utilitarista - como ha sido interpretado por algunos analistas - sino debido al fuerte impacto de la predicación evangélica de Juan Pablo II, que ha cosechado como resultado concreto, una mayor unidad entre sus miembros y una conciencia firme para poder jugar un papel positivo en esa nueva fase histórica que se presentaba. El Santo Padre celebra una misa multitudinaria el 12 de Junio en Buenos Aires. Es la fiesta del Corpus Domini y el pontífice enfoca su predicación sobre el misterio eucarístico, recuerda  que en la misma plaza del Monumento a los Españoles se celebró el congreso eucarístico internacional de 1934, fecha emblemática para el crecimiento del catolicismo argentino en el país. En este cuadro tan lleno de simbolismos y memorias Juan Pablo II vuelve a pronunciar palabras de afecto y de cercanía frente al sufrimiento de una sociedad e indica el lazo estrecho entre el sacrificio de la cruz y la muerte de las víctimas de la guerra: “la verdad sobre el Cuerpo y la Sangre de Cristo, signo de la Nueva Alianza – indica el Papa – será luz para todos aquellos hijos e hijas, tanto de Argentina como también de Gran Bretaña, que en el curso de las actividades bélicas han sufrido la muerte, derramando su propia sangre”.
El pontífice percibe luego en los jóvenes los interlocutores del futuro; a ellos confía un destino de esperanza para el futuro. Las palabras pronunciadas por él serán las que los jóvenes argentinos transformarán en el canto de acogida del Encuentro mundial de los Jóvenes, que se celebrará en abril de 1987 en Buenos Aires, en una Argentina que ha logrado volver en un sistema democrático. Juan Pablo II se hace embajador de un saludo de paz por parte de los jóvenes ingleses que ha encontrado en Cardiff, en su viaje pastoral a Inglaterra. En este sentido el pontífice quiere manifestar, a través del deseo de los jóvenes, que la guerra muchas veces es impuesta por pocos y rechazada por muchos; el Papa quiere dar voz a este pueblo del silencio y su anhelo de paz de transforma en una verdadera imploración: “No dejen que el odio marchite las energías generosas y la capacidad de entendimiento que todos llevan adentro. Hagan con sus manos unidas – junto con la juventud latinoamericana, que en Puebla confié de modo particular al cuidado de la Iglesia – una cadena de unión más fuerte que las cadenas de la guerra. Así serán jóvenes y preparadores de un futuro mejor; así serán cristianos.” Despidiéndose del país rioplatense el pontífice vuelve a pedir una solución negociada y, según el testimonio del cardenal Santos Abril y Castelló, el Papa habría recibido de manera reservada, antes de despegar el avión de vuelta a Roma, la noticia de la rendición del ejército argentino, que luego sería declarada oficialmente dos días después, el 14 de Junio. De alguna manera el Papa parte de Argentina con el objetivo logrado: el cese definitivo de las hostilidades bélicas. Poco antes en el discurso de despedida había dicho: “No se dude en buscar soluciones, que salven la honorabilidad de ambas partes y restablezcan la paz”. Juan Pablo II habría querido obviamente que el conflicto terminara antes, sin la cantidad de víctimas que quedaron en el campo de batalla, pero tuvo que medirse con la inflexibilidad de los dos partes: la actitud belicista del general Galtieri y la dura firmeza de la Primera Ministra inglesa Margareth Thatcher, que con la victoria bélica habría tenido garantizado el éxito para ser reelegida en las elecciones políticas. Motivos políticos internos había llevado al final a los unos al fracaso y a los otros al éxito.”